Alberto Lescay

Cuba

En La Habana estaba lloviendo cuando despegó el YAK-42 hacia Santiago de Cuba y la lluvia nos siguió por todo el cielo.Al aterrizar y descender del ación de Cubana, el vapor brotaba desde las heridas abiertas de la pista.Hora más tarde,Alberto Lescay viene a buscarme al hotel.Hombre de estatura imponente y de barba blanca, me muestra desde el inicio sus dientes blanquísimos y su alma.Al salir del hotel y caminar hacia el estacionamiento, veo dos autos.Uno, un Peugeot 203 de reciente modelo color azul; el otro, una especie de móvil indefinido color blanco con placas amarillas con cuatro cuartos.Una especie de YAK-42 con ruedas.No dudé por una instante que era su coche.Al subirnos le pregunto por la marca. ‘‘Es un Móskovich del año 86.Tiene más de un millón de kilómetros y aquí sigue, como el Caguayo’’. ¿Cómo el Caguayo?¿No era que Caguayo es la fundación que presides y que aglutina a todos los artistas plásticos de Cuba?, le digo intrigado. ‘‘Bueno, sí —dice—pero también es un bicho de una fortaleza fabulosa’’. Ahí la dejamos.Arrancamos y enfilamos hacía su taller, que más que un taller es una industria, una nave de casi cien metros de largo, con grúas aéreas enormes y en un extremo, una plataforma giratoria de diez metros de diámetro.Sobre ella, el gran Lescay crea sus esculturas.Algo increíble.En el medio de esa plataforma, está armando una escultura de siete metros en homenaje a Wilfredo Lam.Montados en un andamio, ocho de sus asistentes trabajan con los amarres, soldando varillas en el proceso de preparación para que el maestro comience con el modelado en barro, para luego sacar los moldes en yeso y posteriormente fundir el bronce.Diecinueve toneladas de arcilla…Quiero decirles que Lescay es el autor de la plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, donde hay una escultura en bronce de este héroe cubano, la cual pesa ciento treinta toneladas, y otra que representa a los heroicos machetes cubanos de trescientas toneladas, sí, trescientas…en acero soviético.Fue el último barco con acero que entró poco antes de comenzar con el periodo especial en la isla.Estar frente a este hombre es conmovedor, sobre todo en una casa en lo alto de la Sierra Madre, en un paraje llamado Puerto Boniato.Nos acompañan El Chino, hombre de confianza y experto en cálculo estructural con maestría en Leningrado; El Guajiro, compañero que le asiste en el manejo del Móskovich, y El Yoyo, su vecino, otro guajiro-guajiro de mirada firme.Ellos oficina de testigos.Sentados en torno a la mesa de madera debajo de la galería de techo de palma, me dejo ensimismar por el paisaje de ensueño que allaaaaaá…abajo, se contempla: Santiago de Cuba y la bahía con El Morro.Una botella de tequila ya había empezado a marcar el ritmo de la conversación desde hacía un buen rato. 

 

¿De dónde viene Alberto Lescay?

 

Mira ,yo…vengo del campo y me formé en la ciudad de Santa de Cuba, que está muy cerca de la zona donde específicamente nací, que fue en la punta de una loma; luego mis padres se mudaron para la ciudad de Santiago.Tenía yo cuatro años. Después regresé a vivir al lugar donde nací, en el campo.Mi padre era chofer y mecánico y por lo mismo yo estuve desde es mismo momento en contacto con objetos raros, con todo lo mecánico. 

 

¿Crees que tu manualidad viene de allí?

 

Quizá.Pero fíjate que mi madre era bordadora, costurera y tuve un tío que creo que fue la influencia más grande en todo esto, que era un genio en la carpintería.Trabajaba la madera una forma extraordinaria y era un inventor de maquinaria.Un día se hizo de un gran taller de carpintería.Quiero decirte que toda la maquinaria que tenía la construyó él.Ahí dice buena parte de mi infancia, ya que me fascinaba estar allí, en ese espacio y también en el campo.Al mismo tiempo ese vínculo, la máquina y el campo. La literatura le gustaba mucho, era un gran lector, un hombre de gran cultura universal, escuchaba los radio de onda corta de otra mundos y mi madre entonces jugó un papel muy importante en mi vida desde el punto de vista, quizá del mundo un poco de la imaginería de la magia…porque mi madre era santera, espiritista cruzada y auténtica, o sea, ella no se afilió a ningún grupo, ella sinceramente lo practicaba porque lo sentía y tenía personas que iban a que ella les dijera cosas.Nunca cobró un centavo por eso y lo hacía sobre todo para sus hijos, para cuidarlos.Yo recuerdo siempre esa atmósfera de misterio positivo, como que ella me veía cosas y me las quitaba para que yo estuviera y fuera feliz y todo siguiera bien en la vida.Y así también lo hacía con mi hermana y mi hermano; me crié en ese ambiente y con mi padre que era un poco más pragmático porque era chofer, porque era mecánico, así que en ese mundo desarrollé mis primeros pasos que fueron muy orgánicos.Recuerdo que construía cosas con ese tío genio y con misérrimos, siguiendo los pasos de él; construíamos diferentes aparatos y nos hacíamos nuestros propios juguetes también. 

 

Desde esa época viene el contacto con los fierros, digamos…

 

Sí, parece que viene de ahí. Luego, cuando entro ya en los estudios, terminando la primaria, mi madre tenía mucho miedo de que me convirtiera en un campesino puro, así que me trajo otra vez a la ciudad, para Santiago, y me embulló para que me quedara en la ciudad, ya que decía que yo tenía color a pajarito, que tenía todo el perfil del hombre de campo y ella tenía mucha ilusión de que estudiara, de que fuera médico, que fuera alguien importante y logró traerme para la ciudad.Me hizo una trampa muy bonita porque me llevó a la inauguración de la Ciudad Escolar 26 de julio, que fue el Cuartel Moncada, y ese acto, esa inauguración, fue una cosa que yo recuerdo siempre como una cosa apoteósica y ahí me hizo la pregunta de que si quería quedarme a estudiar ahí y bueno, ya, me atrapó y me dejó ahí. 

 

¿Que edad tenías?

 

Tenía unos siete u ochos años.Yo siempre se lo agradezco y la admiro mucho.Ella no está viva, pero está aquí siempre.Yo la admiro porque siempre le dio mucha independencia a sus hijos. 

 

¿Cómo se llamaba tu madre?

 

Esmérida Merencio. Quiero decirte que lo que te conté, de esa pregunta que ella me puso cuando se inauguró la Ciudad Escolar, ya me la había hecho en el campo, cuando yo tenía un rechazo a la escuela en la ciudad; era la segunda vez que me lo preguntaba y esa vez me dejó en una escuela del campo.A mí me fascinaba ese ambiente bucólico del campo, del lodo…

 

¿No guardaste nada de aquella época, algún juguete?

 

No, todo se trasformó. Inclusive la casa aquella, que era de madera, después de la revolución-— que ayudó mucho en todo—mi papá la construyó con material.Bueno, se supone que lo viejo se debe eliminar y abrirse a la nueva vida y la verdad es que no quedó nada. 

 

¿Cuál fue la primera escultura que te conmovió y que te convenció y que te hizo decirte: ‘‘Esto es lo que quiero hacer para el resto de mi vida’’? 

 

Mira, yo entré en la escuela de arte, en una mezcla entre el azar y el deseo; en ese momento había un ambiente en Cuba, de los jóvenes, de los muchachos, de estudiar una forma de hacerlo era ser becado, irse a alfabetizar y después ser becado a la Habana.Esas becas eran como un símbolo de movimiento, de desarrollo, de aventura, tan importante en la época cuando uno tiene 10, 12 años.Mi hermano mayor hizo todo eso y como ente él y yo había una diferencia de años, yo siempre quedaba atrás y no llegaba y no llegaba y no llegaba, pero cuando llegó, se fue a través de un anuncio que salió en periódico, fue una para ingresar en la escuela de arte y otra para irse a la Habana a estudiar técnico en agricultura.La verdad es que ya tenía unas ganas tremendas de ser becado de lo que sea y pedía las 2.Tuve la suerte de que aprobé el examen de arte antes que el de agricultura.En esa época, recuerdo que en la casa se me empezaba a celebrar algunos dibujos y mi capacidad inventiva ( y después) bueno, después, cuando triunfa la revolución ahí se define mi vida. En ‘‘ 26 de julio’’ se creó una cosa que se llamó ‘‘Circulo de interés’’; uno de ellos era de artes plásticas y yo decidí participar en ese.Era una asignatura adicional al curriculum normal y había una especia de instructora de arte que te daba los principios de las artes plásticas, conferencias y demás.Todo eso me fascino.Toda esta experiencia me ayudó a tomar consciencia de mi vocación.

 

Tu primera exposición formal ¿Cuándo fue?

 

En 1966 

 

Tenías 16 años…

 

Sí, y gané premios en escultura y en pintura. Recuerdo que en esa época surgió un movimiento juvenil muy importante que se llamo La columna juvenil de escritores de oriente, que lo que hizo fue crear una organización de artistas, escultores, trovadores. Yo participé activamente en ese movimiento y ese ambiente me cautivó mucho. Teníamos una revista, donde en su primer número, yo recibí la primer gran crítica que hoy podría decir destructiva pero que fue la más constructiva de todas las críticas que me han hecho, que es la única crítica que en verdad me ha criticado y lo que hice fue —y ahora te digo muy tranquilo, pero fue traumático— proponerme demostrarle al crítico y los demás que yo si podía , ciertamente hasta ahora me sirve. Yo siempre le dijo a los jóvenes que sería bueno que hiciéramos buenas críticas, bueno…yo se lo he dicho a muchos que soy una consecuencia de una buena crítica. 

 

¿Tenías en esa época admiración por algún escultor o artista, digo, que quisieras ser como él o hacer lo que el hacía?

 

Te voy a contar una anécdota un poco dura, pero la verdad es que me sirvió mucho.Yo tuve un profesor n es período al que yo admiraba y admiro, fue la primera vez que yo veía a un escultor en un taller haciendo una escultura.Tenía como referencia una escultura que hay en un parque en honor al soldado desconocido Mambí , que siempre iba a ver y soñaba en esa época poder hacer algo así. El profesor del cual te habló hizo una cosa que creo es antipedagógica que me impresionó mucho; fue que hicimos un ejercicio, una escultura y el para explicar a los demás alumnos, para evaluarlos, dijo que una pulgada cuadrada de lo que yo había hecho era más escultura que todos los ejercicio que habían hecho todos los alumnos. 

 

Bueno, yo creo que tuvo razón

 

¡Ja,ja,ja!

 

Digo, aquí no hay que pecar de humilde, me parece…

 

¡Ja,ja,ja! Bueno, aquello me puso en el cielo.Bueno ‘‘Este hombre que esta diciendo’’ y me sentí por primera vez que lo que yo hacía servía para algo, pero lo sentí mucho por los demás que les habrá producido un efecto, quien sabe…me imaginó, terrible.

 

¿Qué te parece la idea de la Fundación Villacero de juntarte con otros cincuenta escultores del mundo?

 

Es un viejo sueño, te lo digo como toda la sinceridad y te agradezco mucho que hayan pensando en mi, que hayan hecho lo posible que yo este. Nuevamente te lo digo con mucha sinceridad, porque una de mis añoranzas fue siempre acércame a mis colegas, yo he tenido la falta de —como me fue mucho tiempo, parte en Cuba, parte en Europa—, un gran vacío de comunicación con escultores del terruño como digo yo, del Caribe, de Latinoamérica y una de las razones por las que trabaje mucho, para crear la Fundación Caguayo, era para tener algún mecanismo, algún instrumento que nos pudiera aglutinar, por lo tanto de verdad, que se los agradezco mucho y espero no defraudarlos.

 

Hablando de la Fundación Caguayo, ya que tocaste el tema, ¿Cómo nace esa idea?

 

La fundación surge de una forma natural.Yo gano un concurso para hacer un proyecto enorme en el año 1982, el cual se consumió en 1991.Ese proyecto fue la plaza Antonio Maceo en Santiago de Cuba.Bien sabes que Antonio Maceo fue uno de los hombres más paradójicos del siglo XIX; es un hombre negro, humilde, de una inteligencia excepcional y un estratega militar de nivel internacional, de una dignidad extraordinaria, un símbolo para la dignidad de cualquier ser humano también. A él no se le había hecho un homenaje a su altura en su ciudad natal que es Santiago, incluso mi abuelo que también fue Mambí y luchó por las causas de la independencia, fue una enorme influencia para mí.Maceo y el Ché fueron tema importante en mi etapa inicial como escultor, de manera quepo ahí es que todo esa historia tuvo mucho que ver con la temática que todavía aflora en mi obra; por eso, cuando yo llego a Cuba después de seis años de estar fuera en Leningrado y San Petesburgo estudiando, llego y me encuentro con la convocatorio de este concurso.Organicé un equipo interdisciplinario con el cual ganamos.Este concurso dio lugar a la oportunidad de hacer una gran escultura que incorporaba no sólo el aspecto del acero, bronce, mármoles y concreto, sino también el aspecto arquitectónico de todo el asunto.Déjame decirte — y hablando de acero— en la cimentación de ese conjunto escultórico utilizamos seiscientas toneladas de acero, ahí están enterrados…

 

Increíble. ¿Entonces ahí nace la Fundación Caguayo?

 

Sí, yo le propongo al Estado Cubano la idea de que la infraestructura que hubo que hacer para realizar esa obra, fuera convertida en una Fundación para poder seguir desarrollando nuevos proyectos, apoyando a otros artistas de Cuba, de Latinoamérica y del Caribe.Yo estaba consciente en aquellos momentos, de que no era común tener un taller con la dimensión y con las posibilidades del que teníamos para realizar esculturas.Nosotros los escultores adolecemos del apoyo material sobre todo especializado en arte, claro, puede haber una gran industria que un día facilita un pedazo de una de sus naves para hacer una obra, pero tener una infraestructura con grúas y todo el equipo, más el personal especializado para hacer arte, no me parece que sea muy común; entonces se me aprobó el proyecto y así surge esta idea, la fundación. 

 

¿Por qué Caguayo?

 

¡Ja, ja, ja…! Un bichito. Mira, realmente le quisimos poner otro nombre, vamos a hablar sinceramente, yo quería ponerle el nombre de un escultor que había sido profesor mío y que por falta de un apoyo como ése, quizás menos que ése, falleció antes de tiempo porque no tuvo los apoyos necesarios. 

 

¿Cómo se llamaba?

 

René Valdez Cereños. Un hombre extraordinario. Intenté ponerle el nombre de René Valdez y se lo puse pero de todas maneras la gente le decía el taller de René Valdez de Caguayo , y el Caguayo, y el Caguayo, y el Caguayo…y decidimos dejar el nombre de Valdez, como el nombre histórico, pero desde el punto de vista de la Fundación investigamos un poco acerca de ese chip ojito que en realidad es un animalito muy humilde y muy noble, con una serie de características: primero, es de a familia de los dinosaurios, o sea, es un animalito que resistió y sigue resistiendo.Tú viste que el taller tiene dieciséis metro de puntual.Una vez estaba trabajando y sentí algo que cayó al lado mío…¡PAM!, que me asustó, y entonces le pregunto a un colaborador qué había caído. ‘‘Un caguayo’’ , me dice.Miro bien el bichito y veo que cambió de colores, sacudió la cabeza y salió corriendo. Se había desprendido desde dieciséis metros de altura.Yo me dije: ‘‘Sí eso es un caguayo, que cayó de esa altura, que cambió de colores, que sacudió la cabeza y salió corriendo, entonces vale la pena el nombre’’(rié).

 

No hablamos de tu primera escultura, ¿cuál fue?

 

Se llamaba ‘El corredor’’, era una pieza en hierro recuperado.No sé a dónde fue a parar. Luego de esa época tengo otra, que esa si sé donde está y tengo que recuperarla, fue en homenaje a Costa León, es una pieza en acero combinad con madera, ésa es una pieza muy orgánica. 

 

¿Tuviste apoyo alguna vez de alguna empresa acerera cubana para hacer escultura?

 

Sí, para la escultura que se llama ‘‘Vuelo’’, en honor a Las que está en la Universidad de Ciencias Informáticas, me asociaron a una empresa que es la que fábrica los camellos (ómnibus larguísimo que anda por las ciudades de Cuba) y fue interesante porque trabajé con personal que se dedicaba a hacer camellos y de pronto tuvieron que hacer una escultura conmigo. 

 

¿Tu proyecto actual de escultura monumental, Alberto?

 

Quiero decirte que siempre he tenido una fascinación por el metal y me parece que la línea de acero y del metal, a partir de esta experiencia y de este proyecto se va a poner fuerte en mi producción artística, te lo digo con mucha sinceridad.Porque yo trabajo bastante el bronce, que me gusta mucho y que por supuesto va a seguir siendo, pero las últimas experiencias que he tenido más estas cosas que hemos hablado y he visto en tu obra y en las de los demás, me va abrir las puertas para seguir haciendo algunas cosas que siempre he querido hacer, desde hace mucho tiempo, por eso te agradezco a ti , a la Fundación Villacero que me hayan captado para este proyecto. 

 

Para nosotros es un honor tu presencia en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, Alberto. 

 

Déjame decirte que la intención de vincular la industria y el arte, y viceversa , es un tema que a mí me ha fascinado y que he tratado de llevar ese espíritu a la fundación y que hemos logrado algunas cosas. No hay nada mas cercano a la escultura que una gran industria. Es que la infraestructura que se crea para el acero es muy apropiada para hacer grandes esculturas, entonces gana la industria, gana la escultura, gana el arte, gana la gente , en definitiva, gana el ser humano que es lo más importante a la larga. 

 

¿Qué crees que se debería hacer para que en Cuba los escultores se inclinen más hacia el desarrollo de la escultura en acero?

 

Yo pienso que seguir trabajando, porque es una tarea dura.En la intención está vincular cada vez más el arte a la industria y a la industria al arte; en este sentido, en Cuba se han hecho algunas experiencias interesantes, hay algunas pruebas que se han hecho y han sido muy positivas.Yo pienso que las condiciones subjetivas están creadas, lo que hay que hacer es organizar las cosas y proponerles proyectos a ambas partes. Pienso que primero hay cultura para entender el asunto porque esto, también, es una cuestión de sensibilidad y de cultura, para darse cuente de cómo puede ennoblecerse una intención que puede ser muy buena pero que está enmarcada en parámetros muy rígidos como son los de una empresa por ejemplo, de producir tuberías cuando de pronto esa tubería se tuerce y se combina con otro elemento y se convierte en un poema, eso hace saltar a los propios trabajadores y entonces la magia entra en la fábrica y el trabajador ya es más inteligente, más activo, se le despiertan nuevas líneas de pensamiento. 

 

Qué bueno que tocaste este tema, porque como bien sabes, la empresa Acinox ha apoyado desde el inicio este proyecto de exposiciones de arte en acero y fue promotora rigurosa de que Cuba esté presente; ha iniciado un programa a nivel nacional de desarrollo de la escultura en acero donde participan los trabajadores de las plantas que conforman Acinox. Y no es casual, todo nace a partir de esta idea de la idea Fundación Villacero. ¿Qué piensas de eso?

 

Creo que es una idea excelente, y hay muchos factores que colaboran en esta intención y no me cabe la menor duda de que va a ser exitoso.Por su puesto que con el esfuerzo de todos, vamos a poder lograr aún más cosas. 

 

Alberto, te agradezco muchísimo tu tiempo y nos vemos en México.

 

Me voy a comprar un sombrero charro (ríe). 

 

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