Hereditary (2018)

HEREDITARY / ARI ASTER / 2018 / **** 1/2 / 127´/ ESTADOS UNIDOS / TERROR CONTEMPORÁNEO / CLASIFICACIÓN: +15 / DOLBY 5.1 

Por Herbert Neutra

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Contra el escepticismo de los agrios defensores de un supuesto cine de “calidad” -que sí va contra el “mainstream”, que dicen ellos es independiente porque sólo pudo verse en el glamour hipster de alguna plataforma emergente o en una convención vegana, y que les llega como una revelación de forma ilegal o por otro amigo igual de supersticioso- “Hereditary” conocida ahora con el soso título, spoiler alert, “El Legado del Diablo”, no solo es el mejor filme de terror de 2018, sino posiblemente uno de los mejores de la historia de este menospreciado género, y sobre todo, un potente drama que desde ya se ubica dentro de lo más destacado en el séptimo arte de este año. 

 

Sí;“Hereditary”, el debut cinematográfico de Ari Aster, el mismo que generó mucha expectativa desde su presentación en enero en Sundance, un título que tiende a convertirse en taquillazo y que debe parte de su éxito a los buenos negocios de la casa A24 , los mismos que te trajeron “The Witch”, “The Florida Project” o “Ex-machina”; una firma que sigue ganando prestigio y que logró distribuir la película de forma multitudinaria por 34 países, y estrenarla de manera simultánea en por lo menos diez.

 

No era para menos tratándose de una pieza sofisticada y de exquisito valor artístico. Este trabajo se acerca al panteón de clásicos, a los que también debe mucho como The Exorcist (W. Friedkin; 1973) Rosemary´s Baby (R. Polansky, 1968 ) o la subestimada The Shining (S. Kurbrick, 1980 ). Iluminado por la estela de estas obras maestras y sus talentosos directores, Aster se toma el trabajo y el tiempo para construir un escenario agobiante donde todas las patologías de una familia dañada por un matriarcado recalcitrante se van revelando, bien como fenómenos lumínicos y acústicos o tragedia moral y social, bien como perturbación mental y emocional y por supuesto, como extraños sucesos que desencadenan una espiral de imágenes y situaciones cada vez más enfermizas y oscuras que enviarán al espectador bastante inquieto a su casa.

 

Annie Graham (Toni Collette) es una artista ansiosa que se dedica a construir modelos en miniatura sobre distintos temas, incluidos aquellos inspirados de su vida personal. Annie está casada con un psiquiatra llamado Steve (Gabriel Byrne) y tiene dos hijos: Peter (Alex Wolff), un fumeta adolescente promedio, bien parecido y su hermana menor, Charlie (Milly Shapiro), una niña fea a la vista, apática y con hobbies poco habituales para una criatura de su edad. Los Graham afrontan la perdida de la mamá de Annie, una de esas señoras de edad, resentidas y medio dementes que pelea todo el día, convencida de que siempre tiene la razón. Desde el funeral de la abuela, el factor hereditario, propio de las relaciones disfuncionales entre madre e hija empezará a manifestarse. 

 

La bolsa de trucos del director neoyorquino, para descubrir eso “hereditario” incluye encuadres panorámicos y varios travellings que acentúan la melancolía y la tensión del paisaje y la suerte que acompaña a la familia, destacando aquellos en los interiores de una cómoda casa de arquitectura entre clasicista y pintoresquista aislada, siguiendo el canon, en el medio del bosque. Otro detalle es el contrapunto creado por Colin Stetson en una banda sonora impecable, cuya ejecución acentúa la turbia dinámica familiar, la serie de giros devastadores y los momentos más aterradores y explícitos. Pero tal vez el mayor logro en “Hereditary” sea la interpretación de Collette: su papel es un retrato de la típica mujer que carga con una sensación permanente de maldición y que teme que sus decisiones y accionar en la vida la hagan merecedora de todos los problemas que ahora invaden a su prole.

 

En contra de “El Legado del Diablo”, sus vituperadores - después de verla pixelada en una pantalla de PC obviamente- dirán que eso ya se ha hecho antes, que ese final tan predecible, que eso es puro entretenimiento para las masas, etcétera. Por supuesto, estas emociones, estos sentimientos y estos desencuentros se difunden en el arte y en la cultura desde los días de los griegos y antes de la invención del propio cine si a eso vamos; pero el desarrollo y la evolución del milagro cinematográfico no va exclusivamente de la originalidad de lo que se cuenta, sino de la forma y el estilo de lo que se muestra y de todos los artificios y la magia de los que se vale el director en dicho proceso para capturar las pupilas de quien observa. 

 

Lo que nos muestra Aster no es un susto cualquiera, no son payasos, ni vampiros, ni zombies; es una familia como la tuya y la mía, una línea de sangre que en este caso se va desplegando hasta que todo se va al infierno. La zozobra que acompaña al público después de la función debe mucho al logrado escenario truculento, donde abundan fantasmas, mitología, demonios y escenas mórbidas y viscerales, pero mucho más a un descorazonado melodrama familiar incrustado en el medio, y es que al fin y al cabo, el diablo está en los detalles.

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