La vuelta de King Crimson

KING CRIMSON, TEATRO METROPÓLITAN , CIUDAD DE MÉXICO, 16 DE JULIO DE 2017 **** 1/2

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La vuelta de King Crimson: crónica de una alta presentación en México

A diferencia de lo ocurre con la mayoría de la decadente escena del rock progresivo británico, Robert Fripp y los suyos parecen ser el único acto que sabe reinventarse mediante una puesta en escena de naturaleza fractal, en la que no solo se optimiza el repertorio clásico sino que siempre se tiene algo distinto y nuevo que ofrecer. No es de gratis que el anuncio de una gira de King Crimson genere tanta expectativa dentro de su pequeño aunque selecto y fiel grupo de seguidores; un público igual de exigente que agota con velocidad las entradas ante el anuncio y que no se conforma con los ridículos números de bandas como Yes: hoy por hoy, abuelos virtuosos que ya deberían jubilarse y parar de volver sobre los mismos lugares comunes con su plantilla de integrantes rebuscados que más parecen un grupo tributo reuniéndose para celebrar la nostalgia; en esta bolsa también caben los pretenciosos conciertos del siempre políticamente correcto Rogelio Aguas: un activista antes que artista más preocupado por acomodar su panfleto, abusando de la pirotecnia y el artificio mientras cobra las ganancias del legado de los monumentales recitales de los extintos Pink Floyd. Por fortuna KC corta con todo esto y debe sus treinta años de existencia precisamente a esquivar cualquier intento de caricatura de su música y de sus espectáculos. 

 

Con la publicación del raro registro en vivo “Radical Action to Unseat the Hold of Monkey” (DGM, 2016) Fripp le hizo saber al mundo que su Hidra de Lerna no andaba ni herida ni desahuciada, y que simplemente, como el animal mítico, se escondía en el inframundo paciente a la espera de resurgir con más cabezas, siete para ser exactos, que, con motivo de un tour por Norteamérica, se convirtieron pronto en ocho. De esta misma manera también se multiplicaron las fechas de regreso de la emblemática formación a tierras mexicanas, un país que no visitaban desde 1996 y en el que primero agendaron dos días, luego un tercero que no dio abasto y al final un total de cinco presentaciones.

 

   Eran las 18:59 del pasado domingo, cuando en un acto inédito y sin precedentes en los eventos masivos en la capital azteca, todas las butacas del precioso recinto de inspiración Art déco estaban ocupadas; dentro de la multitud muchos hombres mayores de tallas grandes, forrados en playeras XXL, algunos jóvenes con semblante de estudiantes de conservatorio y unas cuantas y poco agraciadas féminas que lamentaron el momento en el que una voz en off, primero en castellano y luego en inglés (a cargo del propio Robert Fripp) solicitaba apagar y abstenerse de usar “esos maravillosos dispositivos tecnológicos llamados celulares” mientras el grupo estuviera interpretando en el escenario. Un minuto después, por el lado derecho subía Pat Mastelotto y detrás del ecléctico baterista, el resto de la plantilla: un equipo en el que se reúne lo mejor del pasado el presente y el futuro del rey carmesí. De inmediato se escuchan las primeras notas de la introducción colorida y percutiva, aquí elevada al cubo, de “Larks' Tongues in Aspic I” (Island;1973); Fripp se pone sus audífonos y ataca con sus gruesos riffs para desencadenar el carácter poderoso y metálico del tema. La acústica del metropolitano se pone a prueba con las complejas exploraciones del ahora aprendiz de brujo y cantante Jakko Jakszyk, quien presume una guitarra con el acabado de la portada del debut discográfico de la banda, y de la precisión y músculo grave del irremplazable Tony Levin. Minutos más tarde el legendario Mel Collins despliega su primer solo de flauta de la noche y aprovecha para coquetear con fragmentos del himno nacional que terminan de des-pelucar (Mex. = Sin. Des-guapar) a la audiencia local. Sin darnos tiempo para vitorear empieza “Pictures of a City” tema original de “In the Wake of Poseidon” ( Island; 1970) un corte que parece escrito para el registro vocal de Jakszyk y que la enérgica combinación de la triada de bateristas y las melodías del saxo de Collins llevan al frenesí en sus pasajes instrumentales. 

 

Bill Rieflin (Ministry, Swans, R.E.M) ahora al mando de los teclados se encarga de liderar una pausa ambient apoyándose en los arpegios medievales de Fripp y las oscuras notas del contrabajo eléctrico de Levin y nuevamente el Saxofón de Mell en “Cirkus” (Lizard, Island; 1970). Para “VROOM” (THRAK, E’G; 1995 ) Levin no abandona su instrumento y crea la antesala perfecta para que los siete restantes descargen toda su vitalidad en uno de los temas más experimentales de la era del “doble trio” crimsoniano. “ Hell Hounds of Krim” (DGM, 2016) es uno de los temas inéditos del ya mencionado RATUTHOM y el primer round en el que Mastelloto, el minimalista Jeremy Stacey y el más agresivo Gavin Harrison (Porcupine Tree, OSI) plantan cara a una espiral poli-rítmica. Del mismo disco es la secuencia “Meltdown-Radical II”, más emparentada con el sonido industrial de sus últimas grabaciones; al cierre de la misma, los fragmentos electrónicos ejecutados por Pat y el acople con la guitarra de Fripp se roban el aplauso. El auditorio se levanta de la emoción para recibir casi por reflejo la increíble e imposible “Level Five” (The Power to Believe, Sanctuary; 2003), aquí magnificada por el talento de una hidra octo-cefálica que amenaza con tragarse a los asistentes: estamos ante uno de los dos mejores momentos de la noche. 

 

King Crimson nos permite un respiro para recuperar la olvidada y pastoral “Islands” (Islands, Island; 1971); nuevamente Jakko demuestra porque es el más indicado en la nueva nómina para desempeñar las responsabilidades vocales. Rieflin y Collins coronan un pasaje melancólico y dramático que contrasta con el acto siguiente: una interpretación algo bizarra para el tono más ochentero de la clásica “Indiscipline" (Discipline,E’G; 1981), tal vez en esta oportunidad se echa de menos la esquizofrenia y maneras desquiciadas de Adrian Belew al micrófono. 

 

INTERMEDIO : Todos aprovechan para ir al baño, la fila es tan larga como la mayoría de canciones de KC, los más arriesgados aprovechamos para preguntar por un whisky, una cerveza o una copa de Sangre de Toro en la barra. 

 

Para la segunda parte, el octeto nos recibe con la caótica “Neurotica” (Beat, E’G, 1982); nuevamente se ofrece una versión muy distinta del tema aunque ello no le impide a Levin lucirse con su icónico Chapman Stick; con la suite “Lizard ”/ “Epitaph”, la banda hipnotiza y seda a los otrora inquietos y ansiosos espectadores, algunos, los más grandes, logran conmoverse hasta la lagrima. Sin permitir que la ovation debout termine, Robert Fripp descarga la jazzy “Easy Money” (Larks' Tongues in Aspic, Island; 1973) y todo el mundo, posiblemente por la venta sin receta ni identificación de alcohol, estalla en gritos al reconocerla: es tanta la alegría del respetable, que los músicos deben esperar a que se restaure el orden en la sala para desempolvar otro par de joyas menospreciadas en su tiempo, en este caso “The Letters” y “ Sailor´s Tale” (Lizard, Island; 1970); en esta última Fripp parece poseído despedazando cualquier técnica para tocar escalas en su afinada lira llegando hasta a tambalearse de su asiento mientras que muchos de los presentes se preguntaban si es posible imaginar en lo consecutivo una encarnación de King Crimson sin sus tres batuqueiros. 

 

Un segundo respiro lo tenemos con “Exile” (1973) tema deudor de las sonoridades folklóricas de Europa del este que creó el paisaje propicio para la burbujeante “The Talking Drum" (1973); nadie le quita la mirada a Levin y sus Funk Fingers ni se percata de la embestida de “Larks' Tongues in Aspic II” (1973). Para este instante ninguno discute la supremacía de esta hidra, Hail Hydra! Cuando “Starless” (Red, Atlantic;1974 ) hace su entrada todo el teatro se ha rendido ante el talento de King Crimson y ha olvidado por completo el estreno de la nueva temporada de “Game of Thrones”. En los momentos más sublimes de la pieza el auditorio se ilumina completamente de rojo; todos se ponen de pie y la mayoría parece hechizada por una fuerza oscura como en una de esas películas de Dario Argento. El tema termina, todos aplauden, chiflan y piden más, la banda se retira para regresar dos minutos después y dar la estocada final con sus dos obras más populares: “The Court of the Crimson King” y “21st Century Schizoid Man” (Island; 1969), en el primero la muchedumbre corea, en el segundo ya “vale madres” conservar la postura, sobretodo con el estruendoso y bailable solo de batería de G. Harrison. A los adultos mayores se les revienta el ácido que guardaron desde la adolescencia, a los adolescentes ya no los impresiona tanto TOOL y a las feas ahora les aflora la sensualidad y la virtud. 

 

Se acaba el show, tiempo para un par de fotos y aplaudir sin temor a sacarse callos en las palmas, se abren las salidas, muchos se quedaron esperando la versión de “Heroes”. Otros salimos en chinga, mañana hay que madrugar y tendremos que exprimir el recuerdo, los King Crimson descansan pero aún les queda mucha tela de donde cortar. Ah, y dos conciertos más, por lo menos en tierra picante.

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