Sergio Castillo

Chile

El taller del maestro castillo está en el campo. Después de los que tuvo en España, Italia, Estados Unidos y quién sabe dónde más, terminó en las cercanías de Santiago de Chile, en un espacio abierto con vista a la cordillera y custodiado por 10 perros ovejeros alemanes con nombres teutónicos que, seguramente, debe haber elegido Silvia, su esposa. Sergio -como le gusta que le llamen a sus 81 años- hizo un viaje de regreso a sus orígenes, la tierra.

Además de los perros, ese pedazo de mundo alberga más de 30 t de acero e infinidad de esculturas desparramadas por doquier. Una -que creo es la única escultura que vi en mi vida construida en cobre- ya no estará ahí cuando ustedes lean esto, porque habrá sido posiblemente instaladas frente a la moneda, sede de la presidencia de la República de Chile.

Cuando le veo caminar hacia mí, no veo un escultor, veo a un capitán de un barco fantástico, un capitán que navegó por años las aguas de la cero y que hoy, ya en su puerto, recorre parsimoniosamente La contra forma de su vida, sin sacarse esa gorra negra griega que se toca antes de extenderme la mano, acerada.

Todo un honor el estrechársela.

 

Maestro, ¿cuando fue su primer contacto con un pedazo de acero?

Mira, yo había empezado a hacer escultura, pero como hobby, porque en realidad yo trabajaba en el campo. Me gustaba el arte, había estado en Europa, había visto Italia, entre incluso en la escuela de bellas artes, donde por supuesto no se aprende nada. Estuve seis meses ahí y lo único que aprendí fue a hablar en francés y a discutir con los demás. En Roma me encontré con unos amigos en la escuela de bellas artes y ellos tenían en este momento una exposición y me invitaron a que expusiera.

 

¿En qué año fue eso?

Eso fue en el año 1957. En esa época yo trabajaba el mármol y me di cuenta que en los tres meses que faltaban para inaugurar la exposición. Solo podía ser una escultura. Un día vengo caminando por Roma y me encuentro un pedazo de fierro tirado en la calle; entonces recordé que había estudiado un poco de arquitectura y que hacíamos unas maquetas en cartón que eran como unas esculturas, pero no hacíamos esculturas, hacíamos maquetas. Cerca de mi departamento había visto un taller de unos ciclistas y fui con uno de ellos y les lleve el fierro y les dije que si yo les hacían los dibujos, ellos me lo podían cortar, porque yo no tenía idea de cómo trabajar el fierro. Hice una escultura, digamos, en cartón que pegue con cinta Scotch (ríe) para que se afirmara, Y ellos me cortaron ese fierro y cuando le empezamos a armar se empezó a mover, parecía una cascabel, entonces ahí apareció un señor con un soplete que le pego unas puntadas. Al ver eso, se me abrió como un mundo nuevo; dije: esto es lo mío. Le pedí que me enseñara y aprendí un poco, y se varias esculturas y expuse en esa exposición en Roma.

 

¿Cómo se llamaba la galería?

Se llamaba “La Feluca” que es el nombre del sombrero que usaban los embajadores

 

¿Ésa fue la primera?

Sí, ésa fue la primera exposición que hice.

 

¿Qué pasó con esas esculturas?

Esas esculturas, bueno... luego le escribí a un amigo que vivía en New York y que tenía una galería. Le mandé las fotos y él me contestó diciéndome que me fuera para allá porque me había una exposición, así que para allá fui. Expuse en Nueva York. Le gustaron mucho en la galería pero yo me di cuenta de que no había ido ningún crítico; así que un día me fui hasta el diario The New York Times Y pedí hablar con uno de la sección de arte; le dije por qué no había ido nadie a ver mi obra y me dijo que me mandaría alguien. Y lo envió. En la sección de arte del domingo siguiente salió una foto enorme de una de mis piezas.

 

Mucha audacia, ¿no?

Sí, mucha, porque yo no hablaba inglés, sólo hablaba un poco de francés. Pero más que audacia fue ingenuidad, porque yo no pertenecía al mundo del arte, mi familia era de campesinos.

 

¿Podríamos decir que fue un gesto de pureza?

Sí, de pureza... Me pusieron en una página entera. Luego me pasé dos años haciendo es cultura y de ahí regrese a Chile. Tome un taller cerca de la escuela de bellas artes, porque me gustaba ir a la escuela de bellas artes, pero a tomar el té, sí, me gusta mucho tomar el té ahí, entre artistas, pintores, escultores y escritores (ríe). Era simpático, era como ir al club; Entonces iba a la escuela de bellas artes y tenía mi taller. Empecé sin que nadie me enseñara, salvo lo que me dijeron los italianos de cómo manejar el soplete. Ahí dice todas las tonteras que hace uno... Y bueno, toda la escuela de Bellas Artes de Chile se me viene encima. Me dijeron de todo, de que estaba haciendo tonteras, de que tenía que seguir con el mármol, porque bueno, la primera pieza que hice en ese material me la compró el museo, era una cosa especial y que está todavía en el museo de arte moderno.

Eso fue lo primero que hice sin que me enseñara nadie y me decía “para que te metes en esto, en el fierro, si tú lo haces también en el mármol”, pero no les hice caso, yo seguí.

Seguramente influenciado por el trabajo del campo, empecé a hacer esculturas con pedazos de maquinaria antigua que encontraba y pasaba horas buscando la pieza, pero yo no sabía doblar el fierro, no sabía nada entonces, solo intuir una curva y aprovechaba y eso y así empecé.

Como dos años después me invitaron a la Bienal de São Paulo y a otras. De ahí no paré de trabajar el metal.

 

¿Fue como un encuentro? ¿Se encontró, digamos?

Sí, sí... un gran encuentro. Al principio yo trataba de imponerme sobre fierros pero poco a poco el metal te empieza a vencer, te empieza imponer sus leyes, empieza ser tu maestro y haces lo que te dice el metal; por eso para mi es muy difícil que una persona haga un dibujo o haga una maqueta en cartón y después la pase al fierro porque no es lo mismo, porque el fierro te dice una cosa y tú tienes que sentir lo que él te dice. Yo le digo fierro, ¿en México usan ese término?

 

En México le decimos acero.

Sí, es que lo que pasa es que Fierro es la palabra antigua del español del Hierro y cuando estaba en España, a ellos, los españoles, les gustaba mucho que dijera “fierro”, pero sí, es acero.

 

¿Conserva alguna de esas primeras piezas?

Sí, te la voy a mostrar.

 

¡Genial!

Mira, esa pieza pasó por muchas manos, me costó mucho recuperarla hasta que la recupere, la tengo aquí.

 

¡Guaaaauuu....!

Sí. ¿Sabes?, yo estuve 20 años exiliado en España y cuando volví a Chile, un señor me llamó por teléfono y me dijo que tenía una pieza mía, es decir, tenía unos pedazos de una pieza mía; Había heredado una metalúrgica de un tío y unos pedazos de fierro que ahí había, al parecer eran de una escultura mía. Los voy a ver y en realidad ahí me acordé, me había olvidado de esa pieza.

Yo no sabía soldar de otra manera que no fuera con oxígeno en esa época, entonces bueno, al poco tiempo se entera y esos fierros fueron los que yo vi en la bodega de este señor, carcomidos por la humedad y que se veían muy bonitos. Le pregunté: “¿Y qué quiere hacer con esto?”. “La quiero vender”, me dijo. “¿Y en cuánto?”, le pregunté. “Al peso”, me contestó. Tantos kilos, tantos pesos. Fue baratísimo, recuerdo, y así pues como recuperé mi primera escultura hecha en fierro, pagando la alquilo .Increíble. La compré como fierro viejo. Claro, después Lurme bien, porque después de muchos años, uno aprende.

 

¿20 años exiliado?

Sí, me fui en el año 1974. No alcancé a que me metieran preso, porque yo no era de ningún partido, era “hocicón”, hablaba mucho contra los milicos, ¡ja, ja, ja...!

 

¿Tienes hijos, Don Sergio?

Si tengo.

 

¿Alguno de sus hijos tomó su camino?

Bueno sí, pero eso es relativo; mi hijo lo hace bastante bien pero yo digo que el arte no se transmite por genes, porque si no, habría familias de artistas. Cuando uno ve que un padre, un hijo o un nieto hacen cosas, hay uno bueno nomás...

 

Que generalmente es el padre.

El padre o el del medio, como Wyatt... Ellos son tres, pero el único bueno es uno nomás. Lo vemos y da risa, como los hijos de Picasso, realmente es para reírse las cosas que hace.

Creo que de cualquier artista, porque no tiene porqué, si el arte es una cosa, uno que se le da, por ejemplo, a un músico se le da con uno ha ido estupendo, pero al hijo del músico, bueno, en ese caso puede ser porque la parte del oído es un poco mecánica lo que generalmente se puede heredar, pero no se puede heredar... el ser poeta. Si ustedes poeta, no precisamente su hijo lo será. Por eso las escuelas de arte son ridículas, no puede haber una escuela de poetas, sería ridículo, para la risa, a mi me da risa las escuelas de arte y mira que sido profesor así que yo sé más o menos del tema ese que el arte no se puede enseñar. Yo estoy trabajando con un alumno, tengo un pedazo de metal, granito o lo que sea, entonces es una confusión. A mí me preguntan que por qué no contrato artistas para que me ayuden; no puedo, porque el artista ya va a tener otra idea, nosotros tenemos que tener como ayudantes una especie de robot humano, que sea como una máquina que haga lo que uno le dice y no piense en nada, porque si se pone a pensar mucho, chau... sonamos. Porque el metal le va a decir otra cosa y se va armar un enredo de donde no va a salir nada.

 

¿Y qué le parece esta idea de juntarnos en Monterrey en esa exposición solventada por la fundación Villacero?

Pero muy bonito, yo siempre sido de la idea de juntar a los artistas, que es muy difícil, porque son muy difíciles de tratar los artistas; en este caso, encuentro muy bonita la idea.

 

Pero en este caso se pudo. Les visité en cada país, les entreviste, les platiqué del proyecto y les dije: “vamos a juntarnos aunque sea para tomar vino...”

¡Ja, ja, ja...! Sí, lo que pasa es que usted también es una persona muy generosa, porque los artistas generalmente no son generosos, los artistas son muy para ellos y nada más.

 

¿Y el acero, que le dice el acero?

Mire, yo le voy a decir una cosa. Yo tengo aquí como 30 t de acero, y me regalan mucho, inclusive cobre, ya que hecho muchas esculturas para las minas y esta gente me manda de regalo acero, así que tengo lleno y es lo que uso más. La chatarra me gusta más que el fierro nuevo, no me gusta la placa nueva porque, bueno... A mi me gusta que el cielo tenga -Como el vino- “solera”, Historia, su historia propia. Como el metal que me regalaron para hacer esta escultura que está aquí, delante nuestro, que está hecha con una cero alemana que tiene cierta flexibilidad y que usaban para sostener los toneles de las minas que están debajo del mar, y yo creo que usaron es de acero porque el asunto de los terremotos, seguramente. Hoy, no sé porqué, estoy en una etapa en la que a la escultura de estoy poniendo color de nuevo.

 

No me diga que el rojo.

Sí, el rojo.

 

Increíble, ese fue el primer color que yo sé cuando empecé a pintar las mías, hace más de 14 años ya. ¿Por qué será?

No sé, debe ser por el color de la sangre. La primera que hice roja fue una que me encargaron para el parque de esculturas de Chile. Recuerdo que fue cuando estaba exiliado y me dieron permiso nomás por unas horas para venir y ponerla y me tuve que ir. Claro, tampoco me quería quedar aquí con los milicos que eran unas latas, lo tenían a uno como en el colegio, así que no me interesaba y después, bueno... siempre usado el rojo.

Recuerdo que me tocó hacer una escultura en Concepción, una ciudad es muy bonita en cierto aspecto, pero es muy triste, le encuentro triste, es una ciudad que es lluviosa y las casas y la gente anda como vestida de gris y bueno, a esa escultura le puse rojo. Le quise dar vida a esa tristeza.

 

Entonces, Don Sergio, ¿usted no usa un acero determinado?

No, lo que uso es lo que encuentro. De repente encuentro cosas extraordinarias que limpio y este es el antiguo empieza como a conversarme, porque yo la manera que tengo es la de no ir a dibujar ni nada de eso, sino que me muevo entre los fierros, los muevo, los toco y el fierro me empieza indicar lo que tengo que hacer.

 

¿Cuando empezó con el inoxidable?

Fue cuando me dieron la beca en la Universidad de Berkeley y ahí empecé a usarlos, pero lo que no me gustaba era que es muy frío, y traté de hacer esculturas que tuvieran algo, que tuvieran vida, porque bien sabes, Mac, que en el fondo yo soy un barroco total, me sale lo latinoamericano donde hay mucho barroquismo, no me gustan las cosas así muy plana, no... me gusta que hables, que me hable, que tenga textura y cuando no tiene textura, se las doy yo a pura soldadura. No me gusta que quede liso.

 

¿Cuál es el camino para que los artistas jóvenes lleguen al acero?

Mira, yo te voy a decir una cosa: Los artistas. Son muy pocos. Cuando era profesor en la Universidad de Boston leí un estadísticas sobre la escultura, y decía que más o menos aparecen en el mundo, en todas partes, uno por cada millón y medio de habitantes. ¡Je,je,je! (ríe).

 

¡Madonna mia!

Sí, imagínate... nomás haz números... ¡Je,je,je! (ríe)

 

La escultura en homenaje a Martín Luther King, que según tengo entendido es la primera escultura que se hizo en su honor, ¿en qué año la realizó?

Fue en 1975 en Boston, pero antes había hecho una aquí en Chile, que me encargó la embajada de Estados Unidos antes del golpe militar, porque querían ponerse bien con Allende; entonces, como no encontraron ningún izquierdista para hacer una escultura de Luther King me hablaron a mí. Yo no sabía nada prácticamente de él y no tome la raza ni nada de eso, sino lo que significó para Estados Unidos. Entonces hice una bandada de palomas que están emprendiendo el vuelo y que es un mensaje de la paz, nada más; entonces puse 50 palomas que es una por cada Estado norteamericano y le instalamos en un parque donde él había estudiado teología y la instale dirigida hacia a Alabama.

 

Bueno, Don Sergio, le agradezco muchísimo que me haya dado este tiempo para esta primera charla de viejos amigos y bueno, nos vemos...

Pero encantado, Mac.

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