The Death of Stalin (2018) de Armando Ianucci

THE DEATH OF STALIN / ARMANDO IANUCCI / BIOGRAFÍA-HISTORIA-COMEDIA / 106´/2018/ FRANCIA-BELGICA-REINO UNIDO / ****1/2

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“A Stalin le gustaba usar el teléfono y tenía la enervante costumbre de llamar a los artistas en medio de la noche. A veces, como un emperador romano que se sentía indulgente, concedía a sus peticionarios un favor extraordinario. Otras veces les decía que esperaran una llamada que nunca se producía, y ellos solían interpretar el silencio como presagio de desastre. En cualquier momento podía llegar la temida llamada a la puerta".

(Ross, 2009:281)”

 

 

La Union soviética fue desde 1917, hasta su estrepitosa caída en 1991, otra de estas sucursales del cielo en la tierra - como  ya lo fueran #Camboya, #Cuba, #Coreadelnorte, #Polonia y (Re)cientemente #Venezuela - y al final pasó, como pasa cualquier delirio irracional, cuando la verdad y los hechos desvelan la fantasía. Pero en el medio, la caída del régimen se dilató demasiado, y el cerebro de los fervientes creyentes en la causa bolchevique necesitaba alimentarse- como ocurre en todos estos ideales de democracia- con varios números de teatrillo surrealista, pastiches lo suficiente convincentes para no herir el subconsciente de la multitud. De eso, y de una bandada de parásitos en una frenética lucha por el poder, después del deceso del Líder, va la muy recomendable comedia de Armando Iannucci (“In the Loop”, 2009)

 

    Iannucci, un experto en satirizar la ineptitud de las social-democracias en el orden capitalista en sus excelentes productos televisivos: “The Thick of All” (BBC, 2005) y especialmente “Veep” (HBO, 2012), tiene en la decadencia moral y gubernamental de la extinta U.R.S.S. materia prima suficiente para sacarle risas al espectador, aún cuando el escenario histórico de fondo sea el escabroso paisaje de desapariciones, censura, persecución y farsa que caracteriza a los hipócritas regímenes de izquierda; estos aspectos también están disponibles en las pocas dictaduras de derecha, aunque en ellas son más frontales y pragmáticos y no entrañan ni venden algo distinto a un tipo de purgatorio provisional.

 

En “The Death Of Stalin”, el mismo gobierno que había dirigido sus cañones hacia las nubes para fusilar a Dios, acusándolo de genocidio, ahora debe informar al pueblo de la muerte del autoritario, despiadado, paranoico y admirado por Neruda, Joseph Stalin. El año es 1953 y un país que ha aprobado una ideología tan desquiciada como el socialismo no podría estar manejado por hombres menos cuerdos, una tropa de energúmenos que intentará tomar el poder, mientras el aparente orden sigue en picada y logran asegurarse de que el propio Stalin no los mate, aún, después muerto.

 

    Un tarado Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), un des-ubicado Vyacheslav Molotov (Michael Palin), un astuto Nikita Khrushchev (Steve Buscemi) y el sádico jefe de la policía secreta Lavrentiy Beria (Simon Russell Beale), se pelearan y apuñalarán como mujeres por un tocado de flores hasta lograr su cometido: el poder sin más, como buenos narcisistas de izquierda.

 

     El director escocés filma esta charada política deudora tanto del humor de los Monty Phyton como del absurdo de “Dr Strangelove” (Kubrick S., 1964); apenas abandonando interiores, ejecuta varios guiños al agitado encuadre de sus trabajos para la pantalla chica, pero ante todo, se ciñe al diseño y colorido de la novela gráfica original de la que rescata su estilo "viñetesco", un recurso técnico idóneo a la hora de presentar a un grupo de personas torpes, de mentalidad débil, carentes de una convicción real distinta a un deseo patológico de control y posición; un cuadro no muy alejado de los mitines y los foros de discusión de mis estimados y conocidos contactos perro-flautistas.

 

   “The Death of Stalin” es una versión ligera pero no menos contundente de una historia que el actual ministro de cultura Ruso decidió vetar, una actitud que solo comprueba que las hipótesis lanzadas al inicio de este articulo no se instalan en el puro prejuicio.

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